Las etiquetas y diagnósticos en los menores, ¿sirven de algo?

“Nos han dicho que nuestro hijo padece ansiedad. ¿Qué significa eso? ¿Está enfermo?”

Cuando un médico, un psiquiatra o un psicólogo hace un diagnóstico (depresión, ansiedad, TDAH…), lo que realmente está haciendo es ponerle nombre al conjunto de síntomas que esa persona experimenta. Es decir, le pone una etiqueta que describe el problema, pero en ningún caso lo explica.

En salud mental, se utilizan principalmente dos manuales diagnósticos que clasifican los llamados “trastornos mentales”, estos manuales son el DSM y el CIE, existiendo varias versiones actualizadas en ambos casos. Cada vez que las versiones se actualizan, las categorías cambian.

Sin embargo, aunque estos manuales se han creado en el ámbito médico, los trastornos mentales no pueden considerarse enfermedades, ya que hasta el momento no se han encontrado bases biológicas claras que puedan explicar estos “trastornos”.

Si nos centramos en niños y adolescentes, podemos decir que los trastornos mentales se describen como maneras de entender el mundo, de aprender, de comportarse o de manejar sus propias emociones que, a medio y largo plazo, les generan angustia y problemas en sus actividades diarias.

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¿Cómo comunicar la muerte a nuestros hijos?

Es habitual que los adultos nos encontremos en una situación complicada al tener que comunicar la muerte de un ser querido a nuestros hijos. Tendemos a no hablar de la muerte con los niños para protegerles de ese daño cuando ocultándoles esta información les hacemos aún más daño y les obligamos a buscar en sí mismos las respuestas a una situación que ellos también están viviendo. En realidad es mejor acompañarlos en ella apoyando y guiando su dolor y sus miedos. Ellos vivirán la situación igualmente, pero si ocultamos esta noticia, tendrán que enfrentarse sin información, sin apoyo, sin nadie que escuche sus dudas y preocupaciones, influyendo de manera que su sensación de soledad, sus miedos e inseguridades aumenten. Hablar de las emociones, del dolor, de la pérdida como parte de la vida es primordial para convertirse en adultos emocionalmente sanos. En cambio, si ocultamos con la finalidad de que el dolor no se manifieste, impediremos una gestión emocional saludable.

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Autoestima y Adolescencia: cómo desarrollar una autoestima alta y positiva.

La manera en que la sociedad ve al individuo influye en la manera cómo este se ve a él mismo y debido a esto la familia, los amigos y profesores tienen un gran impacto en el desarrollo de la autoestima.

El periodo que se considera de gran importancia para la formación de la autoestima es la  adolescencia (de los 12 a 19 años de edad aproximadamente), no obstante, es una etapa en donde se es más propenso a experimentar una disminución de ésta. En la adolescencia se viven nuevas experiencias que en ocasiones pueden ser estresantes: sube la carga académica, gana mucha importancia el grupo de iguales, se busca la independencia y separación de los padres, intentos por definir la identidad, primeros intereses sexuales, entre otros. La visión que cada adolescente tiene de sí mismo se ve desafiada al igual que su estabilidad emocional, lo que ocasiona que la autoestima sufra fluctuaciones más o menos significativas.

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Autoestima y Adolescencia: Forjando conceptos

En los últimos años, muchos expertos han llegado a reconocer la autoestima como una necesidad humana ya que hace una contribución esencial al proceso de la vida siendo indispensable para el desarrollo normal y saludable de los individuos.

Pero ¿qué es la autoestima? Si tuviésemos que resumirla en una frase, ésta sería: La valoración de uno mismo como persona. Es decir, la autoestima es cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás en las distintas áreas de nuestra vida. Esta valoración es dinámica, y cambia según distintos factores que interactúan entre sí, no se nace con autoestima sino que va surgiendo y creciendo a lo largo de la vida del individuo, desarrollándose con las experiencias y reacciones de los demás.

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¿Cómo se manifiesta la depresión infantil?

Tendemos a pensar que la infancia es una de las etapas “más felices” de la vida, y que los niños son ajenos al malestar, a los cambios y a los estados emocionales desagradables o negativos. Tendemos a creer que sus preocupaciones no son importantes ni relevantes como para crear en ellos un estado de malestar significativo. Sin embargo, la depresión y la ansiedad son trastornos bastantes comunes en la infancia y la adolescencia.

Allí donde los adultos no ponen palabras, las pondrán los niños y, a veces, las palabras y las explicaciones que ellos se dan, para que las cosas que ocurren a su alrededor y dentro de ellos mismos tengan sentido y coherencia, no son las más funcionales y adaptativas, generando en el niño un enorme malestar que se va haciendo más grave a medida que pasa el tiempo y no es tratado adecuadamente.

¿Qué signos nos indican que un niño puede estar sufriendo un estado de depresión?

Desde un punto de vista teórico y aplicado, definir la depresión infantil no es sencillo, puesto que la cognición de niños y adolescentes está en pleno desarrollo, pero no por ello debe de ser obviada, por lo que, en la actualidad, la comunidad científica admite la depresión infantil como un trastorno afectivo similar a la del adulto, pero con ciertas diferencias.

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¿Es normal que mi hijo tenga un amigo imaginario?

En este artículo queremos resolver las dudas que puedas tener acerca de los amigos imaginarios, cuándo y por qué aparecen, hasta cuándo y cómo actuar.

Hacia los tres años empieza a florecer la imaginación de los niños, es muy importante ya que da muestra de la existencia de pensamiento complejo. Entre los 2 y los 7 años es habitual que aparezcan personajes imaginarios que pueden ser: personas, seres mitológicos, animales, superhéroes,… con quien los menores hablan y juegan como si fuesen reales. Algunas veces puede tratarse de un objeto como un peluche o una muñeca, aunque lo más común es que no forme parte de la realidad. Estos personajes dan pie al menor a imaginar todo aquello que quiera, ya sea bueno o malo, puede proyectar sus miedos y conflictos, así como atribuir sus emociones a este compañero para liberarlas. Surgen de manera espontánea y no tienen una causa concreta.

Varios estudios muestran que es habitual la presencia de amigos imaginarios. Los datos indican que entre un 30 y hasta un 65% de niños entre dos y ocho años tiene uno.

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¡Socorro! Mi hijo es preadolescente

A partir de los 8 años (y hasta los 12, en función de la persona) algunos de nuestros hijos ya podrían entrar en la temida “preadolescencia”. Esta etapa está repleta de todo tipo de cambios: el pudor se incrementa incluso en casa, los cambios en el cuerpo (vello, menstruación, crecimiento de senos, cambios en la voz, etc.) empiezan a producirse, comienzan los primeros “amores” adolescentes, la imagen corporal es por primera vez una gran preocupación, los temas trascendentales empiezan a ser un centro de preocupación, etc. Esto ocurre porque el niño que era antes comienza una etapa de transición hacia la vida adulta y crece en las tres esferas del ser humano: la biológica, la psicológica y la espiritual.

En esta etapa de cambio ser padre no es fácil. Tras más o menos diez años cuidando y manteniendo a tu “bebé”, ahora parece que no puedes saber qué le ocurre, no permite que entres en el baño cuando está él, no quiere que le ayudes a vestirse, se niega a que le lleves y recojas de sus planes o sientes que hace lo contrario a lo que le pides para molestarte.

No te preocupes, tu hijo no ha dejado de quererte, solamente está dejando de ser un niño y se está convirtiendo en un adolescente. Y, aunque esto es un proceso natural, puede estar lleno de peligros debido a lo que esto supone.

Es conveniente entender cómo es el cerebro de nuestros hijos para comprender lo que supone esta etapa evolutiva.

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Mitos y realidades del suicidio adolescente

El suicidio es la principal causa de muerte no natural en nuestro país (Observatorio del Suicidio en España, 2017). La conducta suicida es más que quitarse la vida (suicidio consumado), por ello, se plantea como un continuo cuyos polos son bienestar-suicidio consumado y en las posiciones intermedias encontramos la tentativa, ideas de muerte, planificación, etc.

Centrándonos en la etapa de la adolescencia, la prevalencia de la ideación suicida gira en torno al 32% y los intentos de suicidio alrededor del 4% (Bousoño et al., 2017; Carli et al., 2014). Estas cifras son muy altas, estimándose que por cada 20 tentativas de suicidio una persona realiza el suicidio consumado. Por tanto, aproximadamente un 2,5% de la población al menos realizará un intento de suicidio a lo largo de su vida (Borges et al., 2010).

En este artículo, queremos hablar de los mitos que hay alrededor de esta conducta. Pero previamente, nos gustaría repasar la importancia de algunos factores.

Factores protectores.

Disminuyen la probabilidad de aparición de los pensamientos y/o intentos de suicidio. Dentro de estos factores podemos encontrar

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