¿Cómo puedo ayudar a mis hijos en la gestión de las emociones?

La regulación emocional es una tarea pendiente para muchos de nosotros y todo comienza aprendiendo a identificar qué es lo que estamos sintiendo.

Desde el nacimiento, nos desarrollamos en un ambiente impregnado de emociones. Aprendemos a manifestarlas, recibirlas y actuar tratando de controlar las respuestas. Las emociones se disparan automáticamente por estímulos -por ejemplo: abrimos un yogurt y vemos que ha caducado, entonces sentimos asco o estamos en una situación embarazosa y sentimos vergüenza- y desaparecen a los pocos segundos. Estas sensaciones emocionales tienen una función y nos indican que hay una necesidad que no está siendo atendida. El enfado nos indica que ha habido una injusticia y debemos defendernos, o el miedo nos indica que podemos sufrir un daño. Además, hay unas emociones que llamamos básicas (tristeza, miedo, enfado, asco y alegría) y otras más complejas (e.g. humillación o esperanza).

Las emociones van a estar queramos o no, y tienen implicaciones en nuestro bienestar y calidad de vida, por lo que es importante aprender sobre ellas y gestionarlas.

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¿Cómo fortalecer el vínculo con nuestros hijos e hijas?

El interés por el apego comienza a principios del siglo pasado cuando Harlow, investigando el aprendizaje en macacos, se dio cuenta que, al separarlos prematuramente de sus madres, éstos presentaban problemas psicológicos como agresividad, apatía o aislamiento. Continuando con los estudios, se dio cuenta que éstos preferían pasar la noche con una “madre de fieltro” en lugar de una figura metálica que les proporcionaba comida a pesar de tener hambre. En otras palabras, parece ser que existe una tendencia innata a vincularnos para sentirnos protegidos que prima sobre otras necesidades.

Generalmente, se usa el concepto apego para hacer referencia al afecto, la devoción o la estima que se siente hacia una persona o cosa. Sin embargo, en psicología, se alude a un vínculo afectivo intenso que se establece hacia las personas de referencia y que perdura en el tiempo. Se trata de una necesidad como respirar o comer, y una buena vinculación va a asentar la visión del mundo y la forma de relacionarse con él de nuestros pequeños.

Durante la infancia, los niños y las niñas deben interiorizar en poco tiempo todo aquello que les permitirá manejarse por el mundo y el desarrollo de un buen apego es igual de importante como aprender a leer o multiplicar. Está demostrado que antes, durante y después del parto el establecimiento del vínculo ya se ha puesto en marcha y que las caricias y el contacto corporal van a intervenir en el desarrollo del cerebro.

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¿Sabías que existe relación entre lo que comemos y nuestra salud mental?

Como seguramente habréis escuchado alguna vez, el intestino es nuestro segundo cerebro, ya que funciona de forma independiente y a su vez está conectado con el cerebro principal.

Es por ello que, si ocurre algún desequilibrio en la microbiota intestinal con su consecuente inflamación, nuestro organismo sufre una descompensación química que incluye la serotonina, dopamina y la noradrenalina, sustancias que  juegan un papel muy importante en el estado de ánimo.

¿Qué es lo que produce exactamente este desequilibrio en la microbiota y la inflamación del intestino?

  • Comer más cantidad de la cuenta
  • Alimentos ricos en grasas y/o carbohidratos simples (azúcares)
  • Alimentos ultraprocesados, es decir, preparaciones industriales a partir de otros alimentos como son las patatas fritas de bolsa, las golosinas, las chocolatinas, entre otros.
  • Comer muy poca/nada de fruta y verdura.

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¡Socorro! Mi hijo es preadolescente

A partir de los 8 años (y hasta los 12, en función de la persona) algunos de nuestros hijos ya podrían entrar en la temida “preadolescencia”. Esta etapa está repleta de todo tipo de cambios: el pudor se incrementa incluso en casa, los cambios en el cuerpo (vello, menstruación, crecimiento de senos, cambios en la voz, etc.) empiezan a producirse, comienzan los primeros “amores” adolescentes, la imagen corporal es por primera vez una gran preocupación, los temas trascendentales empiezan a ser un centro de preocupación, etc. Esto ocurre porque el niño que era antes comienza una etapa de transición hacia la vida adulta y crece en las tres esferas del ser humano: la biológica, la psicológica y la espiritual.

En esta etapa de cambio ser padre no es fácil. Tras más o menos diez años cuidando y manteniendo a tu “bebé”, ahora parece que no puedes saber qué le ocurre, no permite que entres en el baño cuando está él, no quiere que le ayudes a vestirse, se niega a que le lleves y recojas de sus planes o sientes que hace lo contrario a lo que le pides para molestarte.

No te preocupes, tu hijo no ha dejado de quererte, solamente está dejando de ser un niño y se está convirtiendo en un adolescente. Y, aunque esto es un proceso natural, puede estar lleno de peligros debido a lo que esto supone.

Es conveniente entender cómo es el cerebro de nuestros hijos para comprender lo que supone esta etapa evolutiva.

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Entender el cerebro de nuestros hijos

El cerebro del niño está en continuo desarrollo y crecimiento gracias a la estimulación que recibe de su entorno, no sólo de los profesores del colegio, sino también de sus padres, hermanos, tíos, abuelos, amigos y personas que no pertenecen a su núcleo más cercano.

Para poder hablaros de la estimulación es fundamental saber que el cerebro es un órgano muy complejo que está compuesto por cien mil millones de neuronas, las cuales no podrían realizar su función si no fuera por la sinapsis, que es la conexión que se produce entre ellas, en otras palabras, es la forma de comunicarse de las neuronas. Se sabe que puede llegar a haber unas 500.000 sinapsis por cada neurona.

¿Cómo se desarrollan las conexiones?

Estas conexiones se dan cada vez que aprendemos algo nuevo, por ejemplo, en una situación en la que vamos dando un paseo y al ver un perro, les señalamos al animal añadiendo que es un perro o un “guau guau”, o vemos un pájaro volar y les señalamos añadiendo que es un pajarito o un “pío-pío». Los niños asocian la neurona que tiene la representación de perro con el sonido de “guau guau”. Y aquí tenemos una nueva conexión. Al repetir varias veces esta conexión, estamos dando lugar a conexiones permanentes y, pasado un tiempo, nos sorprenderá diciendo “pío-pío” cuando vea un animalito volar o “guau guau” cuando vea un animal de cuatro patas que pasea por la calle, parecido a los que vio anteriormente.

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Las rutinas como forma de seguridad

¿Alguna vez has sentido la sensación de coger un bus sin saber cuántas paradas te faltan? ¿Qué se siente? No tienes unas referencias claras y pasas todo el camino intranquilo, mirando a todos lados, sin reconocer ninguna parada o sin estar seguro de si la correcta ya ha pasado… ¡A nuestros hijos les pasa igual cuando nuestras órdenes son confusas, contradictorias y no tienen claras las instrucciones a seguir! ¡Márcales claramente sus paradas!

En estos tiempos de total incertidumbre mundial, es muy complicado controlar muchos de los aspectos de nuestras vidas: inestabilidad laboral, restricciones constantes y poco claras impuestas de manera externa, no saber hasta cuándo va a durar la pandemia ni cómo será… Esto afecta a nuestra tranquilidad y por supuesto también a la de nuestros hijos e hijas, por lo que ahora más que nunca es indispensable recordar la importancia de las rutinas en nuestro hogar. Esto sí que está en nuestra mano.

Una de las principales labores de los límites y horarios a edades tempranas es proteger, manteniendo a salvo a los niños y niñas evitando los peligros que aún no son capaces de soportar por sí mismos. Para los niños, las rutinas son la forma que tienen para organizarse en el tiempo. Un niño cuando nace no conoce el orden de las cosas ni cómo está organizado el mundo que le rodea. Somos los adultos los que debemos enseñarles a organizar su vida mediante horarios estables asociados a rutinas, es decir, a través de actividades que se hacen todos los días de la misma manera. Para poder establecer esta rutina se necesita la repetición diaria de la misma.

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La influencia del confinamiento en la habilidades parentales

Como algunos de vosotros ya sabéis, aprovechamos el confinamiento para llevar a cabo una investigación sobre las habilidades parentales de padres y madres durante este periodo. Desde que se decretó el estado de alarma nuestro interés se centró en saber si la situación extraña y nueva para todos podía traer algo positivo. Es decir, si un estresor en principio considerado como negativo podía dar como resultado una mejora en algún aspecto dado que ha significado un reto especialmente para aquellas personas que han tenido a sus hijos en casa al mismo tiempo que han continuado trabajando (tanto dentro como fuera de casa).

Estamos muy orgullosas de la alta participación, habiendo superando las 90 respuestas. Tras analizar en detalle los resultados, queremos aprovechar para exponeros algunas de las cuestiones que hemos observado.

Para realizar el estudio hemos utilizado la Escala de Parentalidad Positiva E2P elaborada por Esteban Gómez, director de la Fundación América por la Infancia y María Magdalena Muñoz de ideas para la infancia, ambos en Chile. La escala se compone de 4 cuestionarios en función de los siguientes tramos de edad: de 0 a 3, de 4 a 7, de 8 a 12 y de 13 a 18. En cada uno de ellos, los items giran en torno a cuatro aspectos que componen, según los autores, las competencias parentales y que son las siguientes:

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Cinco ideas de juguetes para regalar

En muchas ocasiones nos apetece regalar algún juguete a los niños que les guste, les entretenga y, al mismo tiempo, les sirva para desarrollar algún tipo de habilidad pero estamos totalmente perdido de cuáles son los juguetes más útiles a nuestro propósito.

La oferta de juguetes en grande y variada pero hay que tener en cuenta determinadas cuestiones. Como bien indica esta viñeta de Frato, width= lo que más ayuda a desarrollar la imaginación y creatividad de un niño son los juguetes menos definidos que fomentan la proyección y el uso múltiple de un mismo objeto. Es decir, un palo de escoba puede ser desde una nave espacial a un caballo de carreras mientras que un palo con un caballo puede ser pocas cosas aparte de lo evidente.

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Los miedos evolutivos

El miedo forma parte del conjunto de emociones que tenemos, y al igual que las demás (alegría, tristeza, enfado, etc) es importante experimentarla. Nos ayuda a enfrentarnos al mundo distinguiendo lo que puede ser amenazante de lo que no, y así aprendemos de la experiencia y nos adaptamos. Pero durante el desarrollo infantil nos puede preocupar si los miedos que tienen no son adaptativos y generan un malestar exagerado al niño,

Pero ¿cómo distinguir cuando se trata de un miedo evolutivo y cuándo no?

Para entenderlo es necesario comprender el desarrollo evolutivo de su capacidad cognitiva y emocional. Como ya hemos dicho estos son miedos evolutivos, es decir, que a medida que van creciendo suelen ir desapareciendo.

No hay una edad concreta a la que determinado miedo tiene que desaparecer, ya que cada niño es único y vive su propia experiencia que le influirá en este aspecto.

 

0 – 12 meses:

Miedos evolutivos → pérdida de apoyo, sonidos fuertes, alturas, personas / objetos extraños, separación, objetos amenazadores (súbitos)

Hasta el año de edad los miedos que puedan sentir dependerán del momento presente, todo lo que ocurra novedoso a su alrededor que se salga de lo que ya conoce lo puede experimentar como posible amenaza. Puede ser: ver una cara nueva, aunque sea de un abuelo, llevarle a un sitio nuevo, etc. Y por supuesto el “miedo” más presente a esta edad es lo que se conoce como ansiedad por separación, miedo experimentado como indefensión cuando sus figuras de apego no están (madre, padre, cuidador). Solo con desaparecer de su vista, aunque estemos a su lado ya puede generar este malestar, pero de alguna forma es adaptativo que lo experimenten para poco a poco tolerar en un futuro que esa figura no este presente todo el tiempo.

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La fisioterapia en las artes escénicas

Sabemos que la expresión corporal o musical de nuestros hijos es importante e incluso deseable para su desarrollo. Con la práctica de algún instrumento o la participación en actividades de danza o canto enriquecemos su educaciób y lo ayudamos a alcanzar sus máximas potencialidades. Pero, una vez que nos metemos en la rutina de los ensayos, conciertos, recitales o muestras la práctica puede llegar a sobrecargar al niño sino la realiza con una postura adecuada y esto, a la larga, podría provocar lesiones.

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